Edición 65

Editorial

Hace 12 años comentábamos sobre el desarrollo e impulso que estaban teniendo en México las actividades recreativas en áreas naturales a través del concepto de turismo alternativo.
La especialización del mercado motivada por la demanda de servicios específicos originó modificaciones en el término y a partir de 2004 a éste se le denominó turismo de naturaleza (turismo de aventura/ecoturismo), ya que el perfil del turista al que se dirigía distaba mucho de lo que se promovía. Hoy día en varios países ya se utiliza esta término.
El turismo de naturaleza es un motor de desarrollo y conservación de las comunidades, del entorno y de la cultura, y diversos proyectos exitosos lo demuestran; sin embargo muchas iniciativas y proyectos en marcha están destinados al fracaso por la deficiente o ausente capacitación y la carencia de un esquema integral para su éxito.
En la última década hemos aprendido y mejorado, pero aún falta mucho por afianzar en el camino, para convertirlo en un verdadero factor de desarrollo de nuestro país.
La deficiente planeación de los desarrollos urbanos ha sido siempre una amenaza para las zonas de conservación y para el crecimiento de proyectos ecoturísticos o sustentables. También afectan a éstos la agricultura de temporal, los megaproyectos turísticos, algunos conciertos musicales masivos, la ganadería informal y las mal llamadas actividades deportivas extremas; un caso relevante es meter un motorizado 4×4 para superar retos como arroyos o barrancos lo que ocasiona alteración y erosión. La experiencia y los hechos pronostican que estos sitios no tendrán futuro, a menos que se tome conciencia de la importancia económica y social que tienen estas áreas, y se frene su destrucción.
Los esfuerzos que realizan las comunidades rurales para aprovechar responsablemente los recursos naturales son vitales para este propósito, así como la formación de guías locales; sin embargo, sólo una parte de esta problemática se está atendiendo: la conservación, pero la económica ha quedado en el olvido y en pocos lugares estas actividades representan un verdadero recurso económico para sus habitantes.
Es por ello que, ante las declaraciones de áreas protegidas o proyectos ecoturísticos, se deben desarrollar iniciativas productivas, que permitan que todo proyecto sea sustentable en forma integral.
¿De qué nos sirven los días mundiales de la Tierra, del árbol, del medio ambiente, de los humedales y otros más?, sin las adecuadas medidas de preservación. Se requiere que éstas no sean únicamente el pretexto para que los gobernantes en turno se tomen la foto del recuerdo. Es necesario tomar conciencia y promover actividades sustentables, tanto natural como económicamente, que permitan conservar y disfrutar estos paraísos naturales con responsabilidad. Avanzamos, pero todavía los pasos son lentos e inciertos, y este hecho lo debemos cambiar.

Carlos González