Edición 71

Editorial

A lo largo de 20 años viajando en nuestro país, he tenido extraordinarias experiencias. En los últimos meses, el encuentro con la naturaleza ha sido muy significativo, pues he visitado rincones en los que la presencia de la vida silvestre es todavía muy representativa, la cual durante siglos se ha conservado o en el mejor de los casos se ha regenerado.

Todo lo relacionado con la naturaleza que he conocido a través de revistas, programas de televisión, películas, y que desde niño soñaba conocer, se ha hecho realidad: por ejemplo, contemplar y escuchar un río de cristalinas aguas, con sus posas y cascadas, recorrer bosques frondosos, caminar sobre dunas y acampar cerca de cabo Pulmo, Baja California Sur, donde se encuentran las aguas del Mar de Cortés y el océano Pacífico. También he visitado la tierra de Coahuila donde hace millones de años caminaron los dinosaurios, me adentré en la tumba de uno de los grandes gobernantes de la antigua cultura maya y fui asechado por dos víboras de cascabel en la cañada Candameña en Chihuahua: muchos han sido los momentos de peligro, emocionantes, divertidos y memorables que he vivido, pero ningún otro se compara con el que viví hace algunas semanas en la selva del Petén, Guatemala (véase el artículo de esta edición).

Fue inolvidable que al regresar al poblado de Corregidora, Tabasco, el arriero que nos acompañaba vio un jaguar trepado en un árbol, y de inmediato nos dio el aviso al momento que el felino se bajaba y desplazaba unos metros, quedándose quieto a unos 30 m de distancia. Fue el momento que pude observarlo. Estaba admirado y no lo podía creer, ya que por primera vez en mi vida de más de medio siglo tenía frente a mí a uno de los animales más hermosos y enigmáticos del mundo: un sueño de niño hecho realidad. De inmediato quise tomarle una fotografía, pero mi lente no era lo suficientemente grande para lograr una buena imagen, así que enfoqué la vista, me quedé inmóvil y me dejé llevar por ese instante increíble: distinguí claramente su cara entre las ramas que no nos permitieron verlo de cuerpo completo. Segundos después el jaguar giró a su izquierda y se alejó para perderse en la densa selva.

¡No lo podía creer!, qué suerte, qué privilegio, qué dicha. Fuimos afortunados. Mi alegría era incontenible.

Experiencias de este tipo forman parte de esta edición, en la que encontrarás imágenes y relatos de la extraordinaria vida silvestre y paisajes inolvidables de México, así como de su extraordinaria cultura y gastronomía que espero lo disfruten.

Carlos González