De México a la Patagonia 24,000 kilómetros de Aventuras: Sudamérica.

Texto y fotografía: Mariana Báez y Thor Morales.

Leer: Primera Parte

Decididos a no despegarnos de la superficie y no volar, cruzamos el sur en velero; cuatro días recorriendo la “Tierra de Nunca Jamás”, las islas de San Blas.

Sapzurro fue nuestra primer parada en el hemisferio sur. Bordeamos toda la costa Caribe de Colombia sin perdernos por supuesto la mágica y misteriosa Cartagena de Indias y el río Magdalena, inspiración de Gabriel García Márquez.

Rematando la exuberancia costeña está la península de La Guajira, que comparten Colombia y Venezuela, pero que en realidad es territorio de los wayu, un desierto frente a las aguas color turquesa del mar Caribe.

En Venezuela probamos el cacao más sabroso, en Chuao, y nos despedimos con la Gran Sabana en la memoria y sus imponentes tepuis en el horizonte.

Brasil, nos capturó por más de cinco meses.

Navegamos por el cauce del río Amazonas viendo atardeceres que son devorados por la selva y adornados por los delfines rosados. El río más caudaloso del mundo es sólo una de tantas maravillas naturales de Brasil.

Atravesando el agreste Serrato llegamos a la emblemática ciudad de Salvador de Bahía, la cuna de la cultura afrobrasileña.

En trenes, aventones y autobuses recorrimos la Mata Atlántica y los hermosos paisajes del “país tropical” hasta llegar al suroeste, el rincón donde Brasil se une con Paraguay y Argentina. En esta triple frontera se encuentran las cataratas más impresionantes de América, Foz do Iguaçu.

Las impresionantes caídas de agua fueron nuestra despedida brasileña. Junto con el carnaval, salimos de Brasil y entramos a Argentina. Con la inercia de meses de viaje continuamos hacia el sur, pasando Buenos Aires para seguir hasta la Patagonia.

Ansiosos por ver las montañas y el hielo, recorrimos más de 1 500 km hasta Bariloche.

Siguiendo los caminos del Ché recorrimos San Martín y Junín de los Andes. Ya cerca de nuestro cometido tomamos la legendaria ruta 40, que recorre Argentina de norte a sur. Aunque en algunos tramos es sólo terracería, es una carretera histórica y fue la misma por la cual viajó el Ché.

Después de dos días recorriendo la estepa patagónica, por fin admiramos la cordillera, los impresionantes picos del parque nacional Los Glaciares, de los cuales visitamos el Cerro Torre y el Fitz Roy.

Además de montañas, como su nombre lo dice, el parque posee lagos con formaciones majestuosas de hielo en diversos tonos de blanco como el Perito Moreno, el Upsala y otros. Después, con gusto tocamos el punto continental más sureño: Río Gallegos.

Ahora buscando el norte, pasamos una tarde sentados en una gran colonia de pingüinos magallánicos. En un abrir y cerrar de ojos estábamos frente al Aconcagua, la montaña más alta de América, después los cerros de siete colores de Purmamarca y la quebrada de Humahuaca.

Una frontera más y ya estábamos en Bolivia, en el Salar de Uyuni. Paisajes alucinantes de lagunas rojas, turquesas con flamingos, montañas de 6 000 msnm, desiertos que parecieran haber sido dibujados por Dalí y un mar de sal.

Continuando hacia nuestro México, recorrimos la región andina en su máximo esplendor, el Lago Titicaca y sus islas flotantes de totora en donde habitan hasta la fecha los uros (grupo indígena).

Después el ombligo del mundo, el Cusco, el muy esperado Machu Picchu y el Valle Sagrado de los Incas. Vimos volar cóndores que se hacían uno con la nieve de la Cordillera Real y el Huascarán (la montaña más alta de Perú, de 6 768 msnm).

En la ciudad de Quito nos esperaban amigos que hicimos en Colombia, a la vuelta de los meses por fin conocíamos ese hermoso país, el Ecuador. Con tres regiones, selva, montaña y playa, es un mosaico de ecosistemas, animales y costumbres.

En unas horas pasábamos de la nieve al calor tropical, desde la Isla de la Plata hasta la cumbre del Cotopaxi, pasando por lo que Humboldt llamó “La avenida de los volcanes”.

Después de un último mes en el hemisferio sur, cruzamos el Ecuador por aire para llegar hasta Costa Rica. Fue nuestro único vuelo y no por ganas, sino por falta de dinero para continuar por tierra. Cansados y con sentimientos encontrados, estábamos a punto de culminar el viaje.

Luego de siete días de haber llegado a Centroamérica cruzabamos la frontera de Guatemala, por fin, después de 16 meses regresábamos a nuestra tierra. Cuando uno sale de su país se siente diferente, siempre se es extranjero; no importa lo bien que imites el acento o las costumbres, siempre serás fuereño.

Entre las cosas que más nos faltaba como mexicanos en el extranjero está la comida.

Al llegar a Tapachula, Chiapas, recobramos la comodidad de ser locales, comimos mole, tomamos agua de jamaica y nos echamos unos cacahuates enchilados.

El último sello había cerrado nuestro ciclo viajero (por un tiempo) y nos obligaba a regresar al trabajo y al sedentario vivir del que habíamos escapado por largos meses.

A nosotros el deseo de conocer paisajes, ecosistemas y costumbres nuevas nos llevó a recorrer selvas, desiertos, bosques, montañas, descubriendo nuevos animales, plantas y formas de ver el mundo, somos seres humanos que siguen buscando caminos nuevos por andar.