Texto y fotografía: David Liaño.

Grand Slam fue el proyecto de David Liaño para visitar las montañas más altas del mundo, esta es la última parte de su viaje por las máximas cimas de cada continente.

 

Kosciuszko
Una vez completado el ascenso al Kilimanjaro, en enero de 2005, mi atención se centró en prepararme para ascender el Everest, programado para la primavera de ese año. Aumenté la intensidad de mi entrenamiento físico y hacia finales de marzo de lunes a viernes recorría el equivalente a la distancia olímpica de un triatlón (10 000 m). Los fines de semana salía a entrenar en los volcanes, principalmente en el Citlaltépetl, haciendo ascensos de velocidad o subiendo con un garrafón de 20 l de agua en la mochila, para después vaciarlo en la cumbre e iniciar el descenso. A finales de marzo partí a los Himalaya. De camino a Nepal pasé a Australia para subir el Kosciuszko.
Esta montaña mide 2 228 metros sobre el nivel del mar (msnm); y técnicamente no tiene ningún grado de dificultad; la parte más peligrosa del viaje fueron los 1 000 km que tuve que manejar del lado izquierdo de la carretera, como lo hacen los ingleses, y cada vez que veía un coche de frente yo pensaba que venía en sentido contrario y que seguro chocaríamos.
Para llegar a la cumbre hay que realizar una caminata similar a la necesaria para ascender el Ajusco. Emprendí esta marcha solo y aproveché esos momentos para reflexionar sobre la larga expedición del Everest, los riesgos y retos que tendría que enfrentar.

Everest
Después de visitar el Kosciuszko tomé un vuelo de Sydney a Katmandú, en Nepal, me reuní con las 11 personas que serían mis compañeros en la expedición al Everest. Uno de ellos era Tony Van Marken, el sudafricano con el que subí el Cho-Oyu. El resto de los integrantes eran de países tan distantes entre sí como Canadá, Inglaterra, Jordania y Estados Unidos. Para algunos expedicionarios éste sería su segundo intento.
Una vez reunido todo el equipo, volamos en un helicóptero ruso MI-17 que nos llevó desde Katmandú hasta Namche Bazaar. Fueron necesarios tres vuelos para transportar a las personas y las cerca de tres toneladas de equipo que llevábamos. Namche Bazaar es el asentamiento más grande del valle del Khumbu. Este valle es realmente un sistema de enormes cañadas por donde pasan ríos en los que fluye gran parte del deshielo de los Himalaya. Existe un desnivel de cerca de 3 000 m entre el punto más alto y el más bajo de estos desfiladeros. A través de este valle realizamos nuestro acercamiento al campamento base, el cual duró casi dos semanas. Aunque sólo son 50 km de caminata, tardamos tanto tiempo en llegar porque poco a poco íbamos ganando altura, tratando que nuestros cuerpos se acostumbraran a la reducida presión y al oxígeno cada vez menor. Un error que cometen muchas personas al realizar esta aproximación es tratar de hacerla lo más rápido posible, para demostrar al resto de los compañeros quién está en la mejor condición física. Sin embargo, como pude darme cuenta después, el Everest es una montaña que recompensa a los más pacientes.
Algunos kilómetros antes de llegar al campamento base se fue disipando la niebla que cubría todo y por algunos minutos tuve la oportunidad de ver la imponente cumbre del Everest que, aunque estábamos a 5 300 m, se encontraba todavía tres y medio kilómetros por encima de nosotros.
Mi primera impresión del campamento base fue la de una pequeña ciudad formada por tiendas de campaña. Más de 100 carpas de todos los colores contrastaban con el paisaje desolado de roca y hielo que rodean el campamento. Ahí pasamos alrededor de una semana en relativa comodidad, ya que teníamos una tienda de campaña para cada uno, una carpa comedor, tienda de comunicaciones y una cocina. También aprovechamos estos días y practicamos como cruzar por las escaleras de aluminio que usaríamos para atravesar la cascada de hielo del Khumbu.
Antes de iniciar el ascenso, los sherpas realizan una ceremonia budista de bendición, llamada Puja, en la que se colocan banderas de oración de cinco colores sobre un altar de piedra. La intención de esta ceremonia es pedir de una manera humilde y respetuosa a la montaña que permita subir y regresar con seguridad. A partir de ese momento los sherpas comenzaron a trasladar algo del equipo y nosotros subimos por primera vez al campamento 1.
Los campamentos 1 y 2 se encuentran en el Cwm Occidental (se pronuncia Cum) que es una especie de valle formado por el Everest, Lhotse y Nupse. El siguiente obstáculo en la ruta es la pared del Lhotse, una pared de hielo azul de un kilómetro y medio de altura con una inclinación de hasta 70o. El campamento 3 se encuentra a la mitad de esta pared, a 7 600 msnm. Una vez superado este obstáculo se localiza el campamento 4 en el Collado Sur que forman el Everest y el Lhotse. Desde ahí se realizan los ascensos a la cumbre del Everest. Para ese momento ocho de mis compañeros habían decidido abandonar la expedición y los otros tres se quedaron en el campamento 2 esperando un mejor clima.
El ascenso final a la cumbre requirió de todo mi esfuerzo y concentración para soportar el frío, el cansancio y la sensación de sofocación que experimentaba a cada paso. Aunque usé oxígeno complementario, la máscara de oxígeno no me permitía ver dónde colocaba el pie y la condensación hacía que los gogles se empañaran y congelaran complicando aún más el ascenso. Después de 12 horas de marcha, llena de dudas, miedos e incertidumbre, a las 11:30 del 30 de mayo de 2005, dos meses después de haber iniciado la expedición, alcancé la cumbre del monte Everest, la montaña más alta del mundo. Aunque es un espacio bastante pequeño, reúne los sueños y anhelos de miles de personas que lo ven como la meta máxima y un reto a los límites físicos del cuerpo y la voluntad humana.
Dos semanas después me encontraba de regreso en México, con gran satisfacción de haber logrado un objetivo del tamaño del Everest y con plena conciencia de que aún faltaban tres montañas para concluir mi proyecto.

Elbruz
En julio de 2005, tan sólo un mes después de haber regresado de los Himalaya, partí hacia Europa con el objetivo de subir el monte Elbruz, la montaña más alta del viejo continente, localizada en la región rusa del Cáucaso. Aproveché el viaje para pasar a Francia y ascender el Mont-Blanc (4 810 msnm) y a Suiza para subir el Monte Pollux (4 091 msnm) y el Cervino, también conocido como Matterhorn (4 477 msnm). Fue para mí muy interesante participar en estos ascensos en los cuales pude conocer la técnica y la actitud tan diferentes que tienen los europeos frente al alpinismo. Volé a San Petersburgo para reunirme con mi equipo y tras un breve descanso tomamos un vuelo a Mineral Vody e hicimos un recorrido en autobús hasta Terskol. Este último es un pequeño pueblo en el cual se practica el esquí y donde comienzan las expediciones al Monte Elbruz (5 642 msnm).
Como aclimatación, realizamos algunas caminatas en la cordillera del Cáucaso que es frontera entre Rusia y Georgia. Estas montañas han sido durante años el lugar de entrenamiento de algunos de los alpinistas rusos más destacados. Al segundo día iniciamos el ascenso a través de un teleférico, que normalmente es usado en la temporada de esquí, y caminamos cerca de una hora hasta el albergue Los Barriles. Este nombre se debe a que el albergue está formado por enormes tanques de 10 m de largo, usados anteriormente para almacenar petróleo y que ahora han sido vaciados y acondicionados con algunos catres para recibir a los alpinistas. Permanecimos dos días en ese lugar para aclimatarnos, luego continuamos subiendo hasta un pequeño albergue en la base de las rocas Pastukhova. La madrugada del día siguiente iniciamos el ascenso a la cumbre del Elbruz.

Monte Vinson
El Monte Vinson (4 897 msnm) es la montaña más alta de la Antártida. Este continente está cubierto en su mayoría por enormes placas de hielo y el intenso frío hace que sólo exista flora y fauna en algunas zonas de la costa. Hacia este inhóspito lugar me dirigí en enero de 2006. En esa época del año el verano antártico hace que el frío disminuya lo suficiente como para poder realizar actividades deportivas. Para poder llegar a Antártida, una compañía realiza vuelos desde Punta Arenas, en Chile. En esa ciudad del Estrecho de Magallanes me reuní con mis compañeros.
Asistimos a una reunión en la que se nos explicaron las regulaciones medioambientales que se aplican en Antártida y conocimos el complicado proceso logístico que hace posible que, aparte de expediciones científicas patrocinadas por gobiernos, puedan llegar al continente también deportistas para disfrutar de esa remota área.
El vuelo desde Punta Arenas, en la Patagonia chilena, se hace en un avión ruso Ilyushin Il-76 que originalmente fue diseñado como bombardero, pero por sus características ahora es capaz de aterrizar sobre el hielo azul, donde no es posible aplicar los frenos para detenerse. Algo que complica el vuelo es que para poder aterrizar en la base Patriot Hills no debe haber prácticamente nada de viento, y esto rara vez sucede en ese continente.
Tras un par de días de espera en Punta Arenas, abordamos el avión y cinco horas más tarde llegamos a Patriot Hills.

Lo primero que me sorprendió al bajar de la aeronave, aparte del frío, fue ver todo completamente blanco, sin ningún animal ni planta a la vista y que en la media noche el sol brillaba como si fueran las 10 de la mañana. A este último efecto me tuve que acostumbrar, ya que durante el verano en Antártida el sol se mantiene a 15o sobre el horizonte y gira alrededor de nosotros, iluminando esa soledad durante las 24 horas.
Unas horas después de llegar a Patriot Hills aprovechamos el buen clima y volamos en una avioneta Twin Otter hasta el campamento base de la montaña.

Como en mi experiencia en el McKinley, hicimos uso de trineos que amarramos a las mochilas y arrastramos durante horas hasta el campamento 1. Cuando el sol nos iluminaba, la temperatura alcanzaba los -10 oC pero en cuanto este se ocultaba detrás de un pico el cambio era inmediato, bajaba hasta -30o y disminuía aún más con el viento, lo que hacía que el peligro de congelamiento estuviera siempre presente. De camino al campamento 2 la pendiente aumentó considerablemente por lo que dejamos atrás los trineos y tuvimos que llevar nuestra carga en las mochilas. Una vez ahí estuvimos en posición de intentar el ascenso a la cumbre y sólo esperamos dos días a que disminuyera el viento. Por fin, a las 4:00 y con pleno sol iniciamos la caminata final hasta la cima del Monte Vinson. Ya eran siete las montañas que había subido, todas en el primer intento y sólo me separaba una de mi meta. El descenso y el regreso transcurrieron sin ningún problema, pero en el campamento base y en Patriot Hills estuvimos ocho días sin poder volar debido al mal tiempo. De cualquier forma, se siente mejor esperar una vez que se ha logrado el objetivo de la expedición.

Pirámide de Carstensz
Fue con mi papá que me inicié en el alpinismo y siempre tuvo ganas de subir conmigo una de las montañas del Grand Slam.
La oportunidad se presentó en la última de ellas, la Pirámide de Carstensz (5 029 m). Esta montaña tiene cierto grado de dificultad técnica, ya que es una pared de roca de cerca de 700 metros. Sin embargo para muchos alpinistas puede llegar a ser la más difícil de alcanzar de todas las montañas del Grand Slam. Esto se debe a que se encuentra en la isla de Papua en Indonesia. Desde hace mucho tiempo hay grupos guerrilleros que buscan la independencia de esta isla. Para complicarlo más, a un kilómetro de la montaña se ubica la segunda mina de cobre más grande del mundo, con las principales reservas de oro del planeta. Estas dos situaciones hacen que se vuelva más difícil llegar a la montaña que subirla.
Después de muchos años de permanecer cerrado el paso a la Pirámide de Carstensz, los alpinistas se dieron cuenta que la forma más o menos segura de llegar a ella era volando en helicóptero sobre los guerrilleros y sobre la mina. Sin embargo no cualquier helicóptero puede aterrizar a 4 000 msnm con tonelada y media de carga. Así que tuvimos que unirnos con otro escalador para dividir los costos y en este caso fue Rosa Fernández, la conocida alpinista española.
Partimos de México en julio de 2006. Tras cuatro vuelos internacionales y otros cuatro más dentro de Indonesia, llegamos a Wamena donde nos reunimos con Rosa y vimos por primera vez el helicóptero ruso Ka-32 que nos llevaría a la montaña. Esta increíble máquina tiene dos rotores, uno encima del otro, y nos permitió llegar con nuestro equipo hasta el campamento base, aunque tuvimos que esperar un día en Wamena por haber mala visibilidad. Aprovechamos ese día para visitar una aldea típica de la tribu Dani en la que los hombres y mujeres aún andan prácticamente desnudos; a sus antiguos jefes los vuelven momias, las mujeres se mutilan los dedos en señal de luto y todavía hacen fuego frotando dos pedazos de madera. En esta zona tan remota el canibalismo todavía se practica.
Cuando hubo buena visibilidad, partimos en el helicóptero para un vuelo de una hora y media hasta el campamento base. El piloto aterrizó la enorme aeronave con gran habilidad en una plataforma tan pequeña en la cual yo difícilmente hubiera podido estacionar un coche.
Con el helicóptero encendido y los rotores aún girando lanzamos todo nuestro equipo, nos bajamos y nos acostamos sobre las mochilas. A esa altura existe el riesgo de que si se detienen los motores no lo puedan volver a encender. De inmediato la máquina comenzó a elevarse y si no hubiéramos asegurado el equipo con nuestros cuerpos éste hubiera salido rodando.
Rápidamente nos instalamos en el campamento base. Se localiza en un pequeño valle, junto a la montaña, al lado de varios lagos color azul turquesa. Esa mañana disfrutamos de un clima excepcional; después del medio día comenzó a llover. Los tres primeros días que estuvimos en el campamento base hubo un aguacero que tan sólo paraba algunas horas para después comenzar con más intensidad.
Para aminorar la monotonía, cuando lo permitía la lluvia salíamos a caminar por el valle hasta la base de la pared donde comienza la ruta. Las horas de espera se hicieron más fáciles de sobrellevar porque es muy agradable tener a una persona inteligente con quien platicar como lo es mi papá.
Finalmente al tercer día el clima mejoró y nos despertamos a media noche, nos cargamos el equipo y empezamos a caminar hasta la base de la pared. La ruta que seguimos en la Pirámide de Carstensz comienza por una grieta muy ancha durante casi 200 metros. Aunque no es completamente vertical, existen pasos en los cuales hay que tener mayor precaución. El amanecer nos sorprendió a la mitad de la montaña y el sol salió detrás de unos picos que son uno de los únicos tres lugares en la franja del Ecuador donde se pueden encontrar glaciares, los otros dos son el Kilimanjaro y los volcanes de Ecuador.
Llegar a la cumbre era la recompensa de las noches sin dormir y las incomodidades que había tenido que soportar. Abracé a mi papá y lo felicité por lo que él también acababa de lograr y en silencio recordé y agradecí a todas las personas por su apoyo, gracias al cual fue posible que yo completara mi proyecto.
Aún faltaba el descenso. Había sido un día sin lluvia, pero el cielo se empezaba a nublar. 13 largos de rappel más tarde nos encontramos de nuevo en la base de la pared. Con un último toque de suerte: la mañana siguiente estaba el cielo despejado y fue posible que el helicóptero volara para recogernos. El Grand Slam había terminado.
Aunque puede parecer un logro personal, para mí el Grand Slam es un éxito compartido porque de ninguna manera hubiera sido posible sin el apoyo de muchas personas que creyeron en mí y que de alguna forma me acompañaron en cada paso.David Liaño junto a su padre.