Guanajuato: Cultura y un poco de aventura

Guanajuato: Cultura y un poco de Aventura

Guanajuato abre nuevos caminos a la aventura. Martes diez de febrero, el sol cae sobre la ventana del auto mientras salimos de la Ciudad de México. La carretera comienza a curvearse y, casi sin notarlo, el cielo se percibe más amplio; las montañas aparecen a lo lejos y los últimos árboles quedan atrás.

Guanajuato es excepcional, no solo por su legado histórico, el cual configuró las calles, la forma de caminar, de ver y de pensar. Aquí las piedras tienen memoria: cada calle cuenta una historia y, dondequiera que se mire, las terrazas y los callejones se enredan como raíces. Guanajuato no permite ser caminado con prisa, especialmente si el objetivo es escuchar lo que las calles callan.

El descubrimiento de nuevos caminos

En esta ocasión, el viaje no se limitó a las calles ni a las fachadas coloniales; la búsqueda se centró en esos nuevos caminos que no se ubican en los mapas. El trayecto es igualmente excepcional cuando se viaja entre montañas bajo el sol de las nueve de la mañana. Al avanzar hacia el noroeste del país, el entorno comienza a transformarse.

En este territorio, las clases de urbanismo se obtienen en sus más de 3,200 callejones. La sierra abraza la capital como si protegiera un secreto que no es fácil de ubicar.

Guanajuato callejones
Guanajuato callejones

Estos nuevos caminos se revelan al adentrarse en comunidades donde el tiempo parece no haber transcurrido, donde es necesario empolvarse el calzado y estar dispuesto a cambiar la manera de observar. La travesía incluyó caminar de un lado a otro, mirar a través de ventanas, subir escaleras, bajar montañas y cabalgar por ríos y valles. Los días comenzaban con pendientes suaves y calles por ascender, concluyendo con el agotamiento físico propio de una jornada bajo el sol.

El oficio de las mojigangas: El taller de Hermes Arroyo

Entre las personas conocidas durante el trayecto destaca Hermes Arroyo, quien crea arte a partir de cartón, papel maché, madera, engrudo y pintura. Con estos elementos y la destreza de sus manos, fusiona la cultura mexicana con su oficio de tallado.

De este proceso surgen las mojigangas: figuras enormes, de entre 2 y 6 metros de altura, que parecen estar a punto de caminar con una sonrisa torcida. Hermes aprendió el oficio durante su infancia en el taller de su tío y, desde entonces, ha mantenido el uso de sus herramientas. Con el sol aún en lo alto, la visita llegó a su taller en San Miguel de Allende.

Desde la entrada, las mojigangas captan la atención: en una esquina, un charro recibe a los visitantes; en el centro, los novios bailan; y al fondo, detrás de la mesa de herramientas, la figura de un diablo vigila el espacio.

Una tradición de carácter colectivo

Mientras recibe a los visitantes en su taller, Hermes explica: “La tradición de las mojigangas nace de los grupos criollos. Nosotros, para no perder este sentido de uso, las prestamos todo el año para los festejos del pueblo. Creemos que debe ser algo colectivo”. Lo afirma mientras desliza su mano sobre un diablo de papel, la misma mano que aprendió el oficio de niño y que ahora enseña a quienes desean aprender.

Hermes se encuentra en medio del desfile de mojigangas, trabajando en su siguiente proyecto, mientras detalla: “Lo que aprendí en los cursos es a que el papel no se eche a perder, que pueda estar vivo siempre, que tenga color, que no se pudra. Todo eso lo he aplicado a mis mojigangas. La del fondo, la más vieja, tiene 45 años”. Señala sin interrumpir el movimiento de sus manos. El taller evoca un carnaval, pero Hermes lo recorre con la naturalidad de su propio hogar.

Habitar el paisaje: La sierra y aventura semidesértica

Tras dejar el taller, la búsqueda de nuevos caminos continuó. Guanajuato no concluye en las mojigangas; existen más calles, más personas y más historias por descubrir. Recorrer el estado implica permitir que sus lugares habiten en uno mismo.

A la mañana siguiente, la velocidad del automóvil fue sustituida por la de un caballo. No por una cuestión de aventura, sino porque, a esta velocidad, Guanajuato no se recorre: se habita.

El recorrido atravesó parte de una zona semidesértica, donde la mirada de los habitantes locales parece provenir de otro tiempo. El sol cae sobre los hombros mientras nuevos caminos se abren ante los ojos. Son senderos estrechos, pero desde ellos se observan horizontes amplios. Se es testigo de cómo la sierra abraza la capital y de cómo sus ríos, como venas, conectan la totalidad del estado.

Guanajuato es excepcional: conserva su juventud en cada esquina. A pesar del paso de los años, las piedras permanecen en silencio, pero alguien las escucha. Los caminos se abren y alguien los recorre. Guanajuato no se acaba: se habita.